
INDEPENDENCIA DE CARTAGENA
El 11 de noviembre de 1811, desde tempranas horas de la mañana, una muchedumbre se dirigió al lugar de sesiones de la Junta de Gobierno de Cartagena después de asaltar la sala de armas en la Plaza de la Aduana, con el fin depresionar para realizar la declaratoria de independencia absoluta.
La muchedumbre armada y respaldada por el batallón patriota Lanceros de Getsemaní, al frente del cual estaba el cubano Pedro Romero, en medio de gritos y amenazas, terminó frente a la Gobernación a la espera de una decisión.
La sesión de la junta avanzó en medio de recriminaciones por parte de los bandos en disputa. La demora llevó a la muchedumbre a entrar en la sala, agraviando de palabra a quienes se oponían a la declaratoria de independencia absoluta de España.
La presión popular obligó a la aprobación de independencia, junto con otras decisiones, como el destierro de los implicados en actos contrarrevolucionarios y la convocatoria de una convención constituyente para los primeros días del siguiente año.
Pero fue la declaratoria de independencia, dada por el comisionado Muñoz, la que llamó la atención del pueblo. Especialmente con la publicación del acta y la lectura de un bando, en el que se promulgaba la decisión de separarse para siempre del yugo español, y de "derramar hasta la última gota de sangre antes que faltar a tan sagrado compromiso".
Este aspecto, proporcionó al 11 de noviembre de 1811 un significado inédito en la historia de Colombia, pero, al mismo tiempo, se transformó en un acontecimiento diferente a la independencia de otras ciudades. No por la participación popular, pues esta también se dio en Santa Fe, Cali, Socorro, Mompox y Tunja, sino porque en Cartagena fue el pueblo el actor principal y el que le imprimió el sello radical al acontecimiento de independencia absoluta.
Entre los signatarios de la Constitución del Estado de Cartagena, de 1812, aparecen dirigentes populares como Pedro Romero y Cecilio Rojas.
Otro artesano, Pedro Medrano, terminó siendo miembro del Colegio Electoral, que reformó la Constitución en 1814, en medio de unas sesiones igual de acaloradas a las de 1811.
VIRGEN DE LA MEDALLA MILAGROSA
ORACIÓN A LA VIRGEN DE LA MEDALLA MILAGROSA.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
-- Oh María, sin pecado concebida--
-- Rogar por nosotros que recurrimos a Vos
-- Sin tardanza pregona, lengua mía.
-- Las glorias y alabanzas de María.
-- Atiende a mi socorro, gran Señora.
-- Y ampáreme tu diestra protectora.
-- Rogar por nosotros que recurrimos a Vos
-- Sin tardanza pregona, lengua mía.
-- Las glorias y alabanzas de María.
-- Atiende a mi socorro, gran Señora.
-- Y ampáreme tu diestra protectora.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en un principio sea ahora y siempre por los siglos de los siglos, Amén.
¡ Oh Jesús Señor nuestro !, que has querido glorificar con innumerables prodigios/ a la Bienaventurada Virgen María/desde el primer instante de su Concepción inmaculada/ te suplicamos/ que cuantos devotamente imploramos tu protección en la tierra/merezcamos gozar de tu vista en el cielo/Tu que vives y reinas/ con el Padre y el Espíritu Santo,/ Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
¡ Oh María ! por tu mediación/ damos infinitas gracias a Dios / por el favor que dispensaste a tu querida sierva/Sta. Catalina Labouré,/apareciéndote pura y sin mancha de pecado,/ofreciéndole como remedio de todos los males/ la Medalla Milagrosa./ Por este favor te pedimos/ que nos hagamos dignos de tu protección/y verdaderos devotos de tu Purísima Concepción./ Amén.
Acuérdate oh piadosísima Virgen María,/ que jamás se ha oído decir / que ninguno de los que han acudido a tu protección, / implorando tu asistencia/ y reclamando tu socorro,/haya sido abandonado de Tí. Animados con esta confianza,/ a Tí también acudimos / oh Virgen, Madre de las Virgenes! /y aunque gimiendo bajo el peso de nuestros pecados/ nos atrevemos a comparecer ante tu presencia soberana./ Oh Madre de Dios/ no desprecies nuestras súplicas, antes bien/ escúchalas y acógelas benignamente. Amén.
Dios te Salve,/Reina de los cielos y tierra, querídisima Madre de los pecadores!/Llenos nuestros corazones de absoluta confianza,/acudimos a tu maternal afecto./ Somos pecadores y no merecemos tu protección./ Pero al contemplarte en la Medalla Milagrosa con los brazos abiertos,/ invitándonos a acercarnos a Tí/ y con las manos derramando a torrentes tus bendiciones/ animosos acudimos a tus pies,/ para exponerte nuestras urgentes necesidades.
(Pídese privadamente la gracia que se desea, o dése gracias por el favor recibido).
¡Oh María! / Tu eres después de Dios,/ nuestra única esperanza.
Escucha benigna la confiada oración/que en la presente necesidad/elevamos a tu misericordia,/ si es para gloria de Dios/ y bien de nuestras almas.
Al mismo tiempo,/deseándo ser verdaderos cristianos,/y por ello, merecedores de las miradas de Dios,/ y de tu protección,/ te suplicamos humildemente,/tierna Madre nuestra/ llenes nuestra alma del espíritu de oración,/ de humildad/ y de mortificación de nuestras pasiones./ Obtennos fidelidad/ en el cumplimiento de nuestros deberes religiosos/ y constancia en el bien hasta la muerte./
Ruega por nosotros. ¡ Oh María !/ y haznos participantes de los tesoros divinos / de que fuiste colmada en tu Purísima Concepción./ Así sea.
Santísima Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra: / Humildemente postrados ante tu altar / te entregamos y consagramos nuestro corazón y nuestra alma,/ prometiendote servirte con toda fidelidad hasta la muerte./Dígnate, Inmaculada Virgen de la Medalla Milagrosa, /aceptar benigna este ofrecimiento/ y alcánzanos de Jesús valor y gracia para cumplirlo.
Míranos como cosa tuya/ para que, custodiados por tu maternal bondad,/vivamos santamente/ muramos en gracia de Dios/ y consigamos la eterna felicidad de la Gloria. Amén.
Omnipotente y sempiterno Dios/salud de los que en Tí creen y esperan,/escucha las oraciones que te hacemos por nuestros enfermos, /y por intercesión de la Santísima Virgen de la Medalla Milagrosa, concede vida abundante a sus almas/ y devuélveles, según tu beneplácito,/la salud del cuerpo./ Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor. Amén. ¡¡ Sea para Gloria de Dios !!





A este Arcángel se le nombra varias veces en la S. Biblia. Él fue el que le anunció al profeta Daniel el tiempo en el que iba a llegar el Redentor. Dice así el profeta: "Se me apareció Gabriel de parte de Dios y me dijo: dentro de setenta semanas de años (o sea 490 años) aparecerá el Santo de los Santos" (Dan. 9).
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